Mensaje de Corpus Christi (2019)

La Eucaristía es ese alimento
que nos ayuda a saborear
la vida y descubrir la luz
con horizontes de eternidad.
La Eucaristía se hace
pan partido y entregado,
pan de la comunidad,
que nos interpela continuamente
desde Jesús hacia el hermano,
es pan de los peregrinos,
es pan solidario: dado para dar
y darse entero, por amor.

 

Querida comunidad diocesana: en este día en que el pueblo de Dios eleva su mirada a la Eucaristía, miremos con una devoción especial y una piedad sincera, levantando la vista interior por la cual videntes y no videntes contemplamos la hermosura del Amor, porque al bajar los ojos seguimos imaginando esta blancura santa que nos sigue deslumbrando el alma y nos abrasa el corazón.

Desde esta contemplación poner allí sobre esa hostia inmaculada los rostros de tantas hermanas y hermanos por los cuales pedimos en nuestro camino de creyentes, pero sobre todo los más despojados, maltratados o descartados de nuestra sociedad. No temamos usar la imaginación, imaginar esos rostros para rezar frente a Jesús sacramentado, debemos hacer memoria ante este Memorial de los más olvidados, de los que ya no cuentan o no sienten ya la cercanía de su prójimo. Hagamos memoria desde una mirada católica, universal, de tantos semblantes desconocidos para nosotros, pero no para el Corazón Eucarístico de Jesús.

Pedir la gracia de reconocer al otro en forma personal, implica visibilizarlo con bondad, implica no prejuzgarlo y con lucidez, es decir, con discernimiento, para descubrir cuál es la urgencia, la necesidad o la situación particular de mi prójimo.

Mirar la Eucaristía y contemplar que allí late también el Corazón de Cristo, un corazón cargado de esperanza, paciente y de gran misericordia, que Él nos enseñe a perdonarnos, a disimular las ofensas, a enseñarnos la paciencia y la tolerancia familiar y social. Él es capaz de sanar las heridas del corazón que supuran más que las heridas del cuerpo. Todo encadenado al mal es desatado.

Con cuanta confianza debemos ir a este manantial de la misericordia para ofrecer y rezar por la familia, por la convivencia familiar, por la paz en la familia, por el respeto, valorando esta célula necesaria de la sociedad, que parece hoy más golpeada por la desunión y la falta de comunicación y tolerancia.

Contemplar el Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramentonos invita a dejar el individualismo de lado, para apostar al bien común, nos centra nuevamente en el Amor, un Amor que nuestro Padre Dios quiso regalarnos en su Hijo dilecto, como sacrificio por todos, como Alianza Eterna. Adorar la Eucaristía nos anima y nos inspira desde el soplo interior del Espíritu Santo, el deseo de ser “Artesanos del encuentro” y “Constructores de la paz”.

Tomen y coman, esto es mi cuerpo entregado por ustedes… esta es mi sangre derramada por muchos…

Para Jesús es el momento de la verdad, se juega y se entrega totalmente para la redención del mundo. Da la vida pensando en el sufrimiento de los esclavizados por el mal, da la vida para liberar, da la vida para sanar de todo sufrimiento estéril, pues unido a la cruz del Resucitado todo dolor se alivia, todo sufrimiento se soporta con un sentido redentor, la comunidad se hace solidaria y nos ocupamos de la realización del Bien Común.

Cuando un corazón está auténticamente abierto a una comunión universal nada ni nadie está excluido de esa fraternidad [1]. La convivencia social entonces se hace posible,creativa y duradera.

La Eucaristía cotidiana engendra un espacio sagrado que permite a hombres de toda raza y cultura el misterio de un encuentro temporal y eterno a la vez; nos permite caer en la cuenta de que no hacemos solos este viaje de la vida, ¡caminamos en comunidad!, ¡recreamos la Sinodalidad! Al voltear nuestros rostros en nuestras celebraciones nos descubrimos hermanos, cada uno con una historia distinta de sufrimiento y entrega, de cruz y de esperanza. Descubrimos que nuestra vida está ligada a cada mujer y cada hombre, no por un sentimentalismo pasajero, sino por un amoroso designio de Dios.

¡Jóvenes necesitamos corazones generosos!, necesitamos plantearnos hoy, frente al Señor, cómo lo seguiremos más de cerca, reconocemos muchas actitudes de solidaridad y servicio de nuestros chicos y chicas, incluso en el esfuerzo de hacernos cargo de la costosa, pero necesaria prioridad diocesana de vivir la dimensión social de la fe en acciones concretas… rezamos y nos estamos ocupando.

Me gustaría que los jóvenes que hoy están acá se preguntaran, si ustedes también no son llamados a ofrecer el sacrificio, la alianza con Dios desde un corazón abierto a la sorpresa de Dios, y preguntarse: ¿Qué tiempo doy a la oración, tengo momentos de silencio interior? ¿Por dónde se está manifestando mi entrega al Señor en mi vida concretamente? La alianza de amor con un Jesús que cada día me sale al encuentro en las buenas y en las malas, con ganas o sin ganas, con renuncias y sacrificios, con alegría y esperanza. Alianza significa: amor, constancia, fidelidad, aguante, ofrenda, fraternidad, entrega...

Rezábamos con el Salmo: Tú eres sacerdote para siempre[2]. Una alianza sacerdotal.

Si no fuera por los sacerdotes, no tendríamos Eucaristía, el Memorial que celebran actualiza, hace presente la entrega de Cristo por la salvación de todos. Se nos entrega el Cuerpo y la Sangre de Jesús que abraza la humanidad.

El Papa resalta también la importancia de orar con coraje por el pueblo de Dios y nos hace preguntarnos: “¿Yo rezo? ¿Nosotros sacerdotes, consagrados y consagradas, rezamos? ¿Lo hacemos suficientemente cuando es necesario?... ¿Cuándo oramos, estamos luchando por nuestro pueblo?”. 

"La santidad hace siempre menos ruido que el pecado y el escándalo. Este mes de junio, Francisco da gracias por el ejemplo de los sacerdotes, que con su disponibilidad y cercanía dan testimonio del Amor de Cristo e invita a rezar por ellos, para que, “con la sobriedad y la humildad de sus vidas, se comprometan en una solidaridad activa, sobre todo, hacia los más pobres”.

Que la santísima Virgen María, que mira con ternura a su pueblo y sabe de alianza, de amor maternal con Dios y con los discípulos… Ella que estrechó el cuerpo resucitado de su Hijo, sellando la alianza con el Padre y el Espíritu Santo, nos estreche y acerque cada vez más al misterio de Amor que es la Eucaristía; un Amor personal y preferencial por cada uno de nosotros que nos impulse a vivir  la dimensión social de la fe.

+ Mons. Jorge Lugones SJ
Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora

 

[1] Francisco LS 92

[2] Sal 109

 

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