Mensaje de la fiesta patronal (2019)

Nuestra Señora Reina de la Paz, Santa María venimos a agradecer tu presencia de Madre...

Hoy tu pueblo viene a dar gracias con el corazón abierto a tu bondad y el deseo sincero de darte gracias por permitirnos ser tus hijos, por sentir profundamente tu presencia. Te sabemos Reina de nuestras almas, queremos que nos sostengas y abraces para que cada día recordemos tu cuidado y cercanía porque sabemos que tú eres nuestra Madre.  

Que siempre nos cuida y nos anima, nos socorre en los peligros y nos alivia en las penas.

Tantas son las veces que nos desanimamos, perdemos la alegría, nos preocupamos por cosas sin importancia, nos inquietamos y hasta nos deprimimos… Cuídanos con tu mirada bondadosa que sabe socorrernos en los peligros, en las penas, en las dificultades que tenemos como creaturas limitadas, alívianos con tu caricia y tu presencia que nos ayude a darle a cada situación su justa importancia y no más, a no afligirnos y desanimarnos cuando las cosas no nos salen como planeamos. Ayúdanos a dejar a Dios ser Dios en nuestras vidas. Ayúdanos a aprender a confiar y a esperar.

Venimos a pedir otra vez el don de la paz que viene de Dios.

Necesitamos el don de la paz que viene de Dios, no como la percibe el mundo, no como la propone el mundo, no como la maquilla el mundo. Necesitamos la paz que tu Hijo propone en el Evangelio: les dejo mí paz, les doy mi paz. Una paz que va más allá de nuestras buenas intenciones, más allá de nuestros buenos oficios, más allá de nuestras componendas… la paz que es regalo de Dios, don gratuito de su gracia que se pide e implora una y otra vez sin desfallecer, porque lo que pedimos nos sobrepasa, nos excede, nos supera y nos desespera.

Paz para nuestros corazones heridos…

Madre nuestra, cuántas heridas arrastramos, cuántas palabras fuera de lugar nos dañan, cuántos comentarios, ironías, murmuraciones, difamaciones que generan heridas crónicas. Heridas que no cierran y sangran todavía, como dice el poeta. Heridas que amargan y no dejan vivir, que se convierten en llagas purulentas del odio, de la envidia, de la bronca, de la tristeza y del desencanto. Recréanos Madre en la esperanza de ser sanados por tu Hijo.

Paz para todos los que sufren…

Nuestro mundo sufre, Madre, por la falta de amor; nuestro pueblo sufre por la falta trabajo, de salud, de medicamentos, de desunión… los niños ante tantas esclavitudes, las madres ante la falta de futuro de sus hijas e hijos, tanta indolencia. Que tu corazón de Madre alivie estos sufrimientos y suscite nuevos cireneos que ayuden a llevar la cruz de tus hijas e hijos.

Paz para nuestras familias…

Hoy las familias no se comunican, no se escuchan, no se dan tiempo, no se ponen límites con cariño; hay violencia familiar, destrato, falta de respeto. Necesitamos tu ayuda para recomponer los vínculos, armonizar la convivencia, tener más gestos cercanos, pequeños, pero con amor.

Paz para nuestro pueblo…

Dice Francisco: ‘’La buena política está al servicio de la paz’’. Que las acciones políticas incluyan el cuidado del medio ambiente y de la creación, especialmente donde viven los más pobres y los descartados. La paz que debe recrear la política es el derecho al trabajo y la vida digna, promover el encuentro y el diálogo entre los distintos sectores de la sociedad.

La paz para el pueblo pide que se respeten y se custodien los derechos humanos, el primero, el derecho a la vida en todo su trayecto natural, para llegar a la propuesta del Papa de favorecer un desarrollo humano integral. Ruega a Dios por nosotros para que podamos llegar a ser artesanos del encuentro y constructores de la paz.

Paz para el que está lejos, paz para el que está cerca.

Pedimos, Madre, la paz para los que se sienten lejos, para los que muchas veces olvidamos que existen. Paz para los que viven la inquietante ambición del poder, del dinero, de la paz a cualquier precio, de los mercaderes de la muerte, de los que viven explotando a niños, mujeres y comunidades.

Paz para el que está cerca y no lo conocemos, al que pasa a mi lado pero no lo veo, no rezo por él, no me compadezco de su situación… Regálanos, Madre, tu cercanía que visibiliza e integra y a nadie deja fuera.

Danos Madre la paz que supera la violencia y la inseguridad…

Vivimos en una sociedad que presenta muchas facetas de violencia: de género, en  la vía pública, en el tránsito, en el hogar, en la falta de vivienda, de trabajo, en la falta de derechos elementales y oportunidades.  Vivimos la dolorosa experiencia del flagelo del alcohol y la droga que destruyen personas y familias, de las zonas liberadas que intoxican y fulminan a muchos, para que lucren unos pocos. Seguimos pidiendo por esta justicia demasiado largamente esperada.

La inseguridad de los desafíos personales, las inhibiciones, los temores y prejuicios, que nos impiden abandonarnos en las manos de Dios. La inseguridad ciudadana, donde la vida parece no tener valor para los que delinquen. Necesitamos educar, contener, capacitar a los adolescentes y jóvenes y no cometer el error de buscar soluciones rápidas, sólo punitivas. 

La paz que es perdón y reconciliación…

Madre sabemos que el perdón es una gracia del Señor. Cuánto necesitamos de tu intercesión para olvidar el mal que nos hicieron, la ofensa, el agravio, el odio que carcome la mente y el corazón. Enséñanos a esperar, a darnos tiempo para la reconciliación, que no sea un “sana-sana” fruto de la fantasía o la elucubración, que la justicia sea en la verdad, ni en el olvido, ni en la revancha. Que nos demos tiempo para que la gracia sea recibida con un corazón bien dispuesto.

La paz social fruto del amor y la justicia.

Deseamos, Madre, la anhelada paz social que nos identifica como pueblo y no como multitud. La enfermedad de la multitud es el desconocimiento, ignorar o prescindir del otro. Pueblo es ser parte de una historia y una cultura común, es compartir valores y proyectos que conforman un ideal de vida y convivencia… dejar circular la vida, la simpatía, la ternura, el calor humano, donde cada uno se vuelve importante[1].

Gracias por ayudarnos en este santuario a rogar por la paz entre los argentinos, cuando las luchas fratricidas nos devoraban la esperanza.

Pedimos esta paz para el mundo entero, a fin de que la solidaridad de una mesa más grande vaya haciéndose eco entre todos los pueblos.

Te rogamos que se lo pidas a  tu Hijo, Príncipe de la paz. Amén

+ Mons. Jorge Lugones SJ
Obispo de Lomas de Zamora

[1] CEA El Bicentenario. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos

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