Mensajes de la fiesta patronal (2009-2018)




Fiesta Patronal (2018)

“Mujer, Madre y Reina de la Paz”
Gn 17,15-19; Gal 4,1-5; Jn. 19,25-27

 

Hoy peregrinamos por nuestras calles y llegamos a este Santuario de la Paz histórico para agradecer su presencia de mujer y madre, porque su condición de mujer le permitió ser madre. Madre y mujer llena de gracia. Mujer sencilla, humilde y servidora, madre pobre, atenta y cariñosa que asumió en su seno a todas las madres que trajinan con la vida de sus hijos, nietos, sobrinos ahijados….

El pueblo ve en María la cercanía de Dios con nosotros, pues es ella la que le ha dado su carne y su sangre, para que el Verbo Eterno de Dios se encarnara. Como dice la carta a los Gálatas: Cuando se cumplió el tiempo establecido Dios envió a su Hijo, nacido de mujer.

Nuestro pueblo fiel siempre va a María, ella es la que vela, cuida, anima y vislumbra las necesidades y urgencias de sus hijos, es la intercesora ante su Hijo Jesucristo, principio y fin de la vida de los hombres, quien ha venido para ser fuente de salvación.

En este día queremos pedir especialmente por “la mujer”, por su compromiso con la familia y la sociedad, por su atención y cuidado de los más frágiles en tantas situaciones que merecen la delicada, sensible y acogedora presencia de la mujer.

El libro del Génesis nos recordaba que la promesa hecha a Abraham se realizará por medio de Saray, su mujer, a quien Dios llamará Sara confiándole la misión maternal de la descendencia; dice Dios: “la bendeciré y de ella nacerán pueblos y naciones de reyes”.

Cuánto le debemos a nuestras abuelas, madres, catequistas, maestras, a esta imagen femenina que tanto bien nos ha hecho en nuestra formación como cristianos, animados -y sermoneados- a ser buenas personas, desde la ternura, la paciencia y la fortaleza de la mujer en la Iglesia.

No puedo dejar de citar a Francisco hablándole en Colombia a los hombres del Celam sobre el “…rol de la mujer en nuestro continente y en nuestra Iglesia. De sus labios hemos aprendido la fe; casi con la leche de sus senos hemos adquirido los rasgos de nuestra alma mestiza y la inmunidad frente a cualquier desesperación. Pienso en las madres indígenas o morenas, pienso en las mujeres de la ciudad con su triple turno de trabajo, pienso en las abuelas catequistas, pienso en las consagradas y en las tan discretas artesanas del bien. Sin las mujeres la Iglesia del continente perdería la fuerza de renacer continuamente. Son las mujeres que, con meticulosa paciencia, encienden y reencienden la llama de la fe. Es un serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza eclesial y social de cuanto realizan. Acompañaron a Jesús misionero; no se retiraron del pie de la cruz; en soledad esperaron que la noche de la muerte devolviese al Señor de la vida; inundaron el mundo con su presencia resucitada…”.

Hasta aquí Francisco, yo agrego: Y a ustedes adolescentes jóvenes mujeres no pierdan la rebeldía creativa, fresca y joven que identifica a América Latina.

Hace poco compartía la frase que expresó un muchacho cuarentón frente al féretro de su mamá: ¡QUE LÁSTIMA QUE NO HABLÉ MAS CON MI MADRE! Sólo cuando ella ya no está, o no la tenemos cerca, nos damos cuenta de lo bien que nos hubiera hecho el diálogo filial, el abrazo e incluso el pedido de perdón mutuo. Porque las mamás son  humanas, se equivocan, pero muchos de sus errores son para evitar que nosotros los cometamos. Qué duro es escuchar a hijas e hijos sólo recriminar a sus madre anciana porque no “hicieron esto o aquello” o por qué  “lo hicieron”…

El evangelio de San Juan nos recordaba las palabras de Jesús en su última hora: Mujer ahí tienes a tu hijo, después dice al discípulo:ahí tienes a tu Madre.

Este pasaje no está describiendo solamente un acto de piedad filial de Jesús a su madre, sino una verdadera revelación de su maternidad espiritual. María se convierte no sólo en la madre del discípulo amado sino de todos los creyentes… María es madre de la vida de Jesucristo… y se llama mujer porque realiza la misión del nuevo pueblo de Dios que con frecuencia es contemplado alternativamente como mujer y pueblo (Is. 26,17; 43,5s). María queda así constituida en la mujer bíblica, la que da a luz con dolor al Mesías y desde Jesús se convierte en Madre universal del género humano[1].

María no sólo sentirá esa espada de dolor frente a la cruz de su Hijo, sino que esa profecía a través del tiempo se ha hecho realidad también en el corazón de su pueblo que sabe ir a la madre, aún con el corazón desgarrado, pues ella es la consoladora de su pueblo, la madre que siempre está atenta ante cada súplica, ante cada situación desesperada y desesperanzadora, porque ella -que sufrió el despojo total- sabe consolar, animar, arropar y cuidar la esperanza de sus hijos.

María mujer y madre: te pedimos por las madres solas, agobiadas por el peso de la cruz o de los años, estás sosteniéndolas con tu cuidado constante.

Estás en vela con la madre joven que lucha con la oración y el deseo de salud para su niño enfermo.

Te asomas con esperanza firme ante tantos rostros tallados por la injusticia. Ante la inequidad de la “justicia exprés”, frente a la desidia cansina y aletargada de los que no tienen “madrina”.

No te asombra la fragilidad maltratada por la droga y la impunidad de los transas, sino que sigues encontrando Cireneos queapuestan por cargar la vida.

Sostienes y miras con tu presencia de mujer atenta a los desvalidos, descartados y desanimados de las periferias existenciales que el sistema condenó a ser intangibles.

No dejas de cuidar el alma de tu pueblo recordando una y otra vez la Palabra viva de la Buena Noticia.

Recompensas a la mujer pobre que pone delicadamente en la mano del indigente la moneda que ella misma necesita.

Enséñanos a caminar nuevamente el sendero del diálogo, hablando a tiempo; enséñanos a recorrer la costosa ruta del encuentro, saliendo de nosotros mismos.

Danos a todos el gusto de ser y sentirnos pueblo, pueblo con un Padre Dios  y la ternura de una Madre: María santísima, Reina de la Paz, cobijados por su cercanía como agradable brisa de  esperanza que ilumina con el prometedor sol del amor, Jesucristo resucitado.

+ Mons. Jorge Lugones SJ
24 de enero de 2018

 

[1]Schokel A. La Biblia de nuestro pueblo, nota Jn 19,25-27

 


 

Fiesta Patronal (2017)

(Lc. 1,39-56)

 

Querida Comunidad Diocesana:

Celebramos con la alegría del Evangelio de la Visitación, esta fiesta en honor de Nuestra Señora de la Paz, compartiendo el lema de este año: “Con María seamos artesanos del encuentro y constructores de la paz”.

Al llegar al fin de su viaje y ante el encuentro y el abrazo a Isabel, María pronuncia con júbilo el Magníficat recreando el Cantico de Myriam[1], la hermana de Moisés y Aarón. En hebreo este canto no abarca más de nueve palabras, las cuales, sin embargo, pronunciadas una tras otra dan la impresión de una gran exultación. Se produce a la salida del Mar Rojo. Canto bautismal por excelencia e hito salvador del Pueblo de Israel.

El Señor es grande y ha dado la victoria a su pueblo. A Myriam (María) se la llama profetisa, por ser capaz de interpretar el misterio de Dios presente en la historia, por estar atenta a la concreción del misterio de Dios y ser capaz de expresar la admiración del hombre ante la realización concreta del misterio de la salvación.

El himno es cantado por ella danzando y es recitado a la cabeza de las mujeres de la comunidad, y el coro de éstas, responde tocando tímpanos y danzando en círculos. Desde aquel momento, sus palabras expresan la admiración del hombre por las maravillas que Dios ha realizado… ¿Quién es María de Nazaret que canta el Magnificat? Es el alma de Israel, es todo su pueblo, es la humanidad entera a la que presta su voz, es la humanidad humillada y sorprendida  por la ternura concreta de Dios.

María es, por lo tanto, la escuela de la fiesta de toda la humanidad, el lugar donde aprendemos la delicadeza, la atención, la transparencia, el encuentro y la luminosidad de la fiesta… entrando en sus palabras entendemos lo que quiere decir un pueblo de fiesta, es un pueblo que reconoce con admiración la grandeza de Dios que mira a lo que es pobre, a lo que es nada, y que de esa nada hace un pueblo fuerte… una realidad capaz de entregar belleza y verdad[2].

El AT iba al ritmo de las fiestas y el contenido de la fiesta bíblica está constituido por la ADMIRACION maravillosa, el gozo, la gratitud, la exultación (regocijo) y la alabanza.

Aparecen tres actitudes en el cántico de María que nos ayudan a la reflexión:

  1. GRATITUD-REVERENCIA: Mi alma canta la grandeza del Señor: Dios Creador, animarnos a engrandecer al Dios de la vida, dejar cantar al alma… El Hombre es creado para Dios, su fin y su magnífica meta.
  2. ALABANZA: Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador: Alabar a Dios por la alegría de ser salvados, el gozo en Dios… la salvación de Dios…
  3. SERVICIO: Porque miró la humillación de su servidora: el camino de la pequeñez, del servicio.

Queremos ser una Iglesia agradecida y reverencial hacia Dios, en los hermanos que llegan a nuestras parroquias y comunidades.

La primera prioridad diocesana nos invita a ser una Iglesia más abierta y cercana a todos. Le pedimos a María que se alegra y regocija su espíritu en Dios su Salvador, que podamos llegar a ser una Iglesia con apertura de mente y corazón que manifieste el amor de Jesús el Salvador, que hace salir el sol sobre malos y buenos, una Iglesia que por su cercanía nos comprometa a ser artesanos del encuentro, no dueños jerarquizados, sino servidores del encuentro y trabajadores sencillos y humildes de la paz, constructores desde la gracia de Dios y el esfuerzo cotidiano, por el difícil y arduo camino de la paz.

Nuestro pueblo fiel siempre va a María, ella es la que vela, cuida, anima y ve las necesidades y urgencias de sus hijos, es la intercesora ante su Hijo, Jesucristo principio y fin de la vida de los hombres, quien ha venido para ser fuente de salvación para muchos.

Iglesia solidaria y samaritana, hemos dicho en la segunda prioridad. María no duda, no teme cantar la verdad de que Dios derribará a los poderosos y exaltará a los humildes. ¡Qué lejos estamos de la solidaridad como sociedad, cuando vemos privilegios para los que más tienen, y ajustar, recortar y angustiar a los más desprotegidos. Cuantos desafíos tendremos en nuestras Cáritas samaritanas, para redoblar la creatividad en el servicio y asistencia de los hermanos que viven en la indigencia.

Compromiso social desde la fe en los adolescentes y jóvenes (la tercera prioridad). María va el encuentro de su prima anciana y embarazada a servir, se arremanga para acarrear el agua del pozo, para moler el grano y hacer la comida, para inclinarse y lavar los pies de Isabel que por su edad y estado ya no puede agacharse.

Damos gracias con María porque miró nuestra pequeñez en el servicio y la disponibilidad de hacernos cargo con nuestros jóvenes de la dimensión social de la fe. Damos gracias porque todos los años varios de nuestros universitarios con algunos de sus docentes se arremangan y ponen “manos a la obra”. Porque hay jóvenes que se ocupan de la gente en situación de calle, con cariño, cercanía, constancia y buena voluntad. Porque nos hemos hecho cargo de la “mujer violentada” y de las adolescentes embarazadas, más una anónima lista de servicios a los hermanos débiles y empobrecidos.

María es quien se pone en marcha llevando el Evangelio de la vida en su vientre, la primera misionera del Evangelio a quien Francisco denomina “Nuestra Señora de la prontitud” para llevar la Buena Noticia y proclamarla a viva voz.

La cuarta prioridad diocesana: la Misión Permanente en REDd (Reflexión evangélica domiciliaria diocesana), queremos agradecer en primer lugar a los ministros ordenados, presbíteros, diáconos permanentes, consagradas y laicos por acoger esta iniciativa diocesana con creatividad y deseos de llevar el Evangelio de Jesús, más allá de nuestros círculos evangelizados y salir hacia las periferias geográficas y existenciales que tienen hambre de la Buena Noticia de la Salvación. ¡Sigamos partiendo y repartiendo con alegría el pan de la Palabra que da vida!.

El Papa Francisco nos invita a contemplar a María misionera: Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre camina con nosotros, lucha con nosotros y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte la historia de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica… (EG 286).

Hoy la Iglesia nos pide que: ¡salgamos a la vastedad de las periferias existenciales! para llegar al encuentro de tantos hermanos que necesitan la palabra, el abrazo, la escucha, la cercanía fraterna. Es decisivo que podamos construir los cimientos de la paz que nos den el precioso andamiaje de esa paz, construida desde nuestros corazones y articulada con nuestro esfuerzo mancomunadamente logrado codo a codo, como esperanza fecunda de la promesa.

¡Ahora es el tiempo de pedir y recibir sus gracias. Ahora es el tiempo para escuchar y cumplir este urgente reclamo del Corazón de Jesús, profundamente humano y majestuosamente divino!.

Que por la mediación amorosa y constante de la Virgen de la Paz alcancemos confiadamente lo que pedimos en nombre de su Hijo.

Mons. Jorge Lugones sj.
24/1/17

 

[1]Antecedente: Ex 15, 19-21 “Cantad al Señor porque se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro”.

2 Martini C.; María mujer de la Reconciliación

 


 

Fiesta Patronal (2016)

 

Hermanos y hermanas que peregrinan a este Santuario de Nuestra Señora de la Paz, en este Año de la Misericordia: “Que la paz este con ustedes”.

Escuchamos y rezamos con el salmo:El Señor es bondadoso y compasivo… El perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias, rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia [1]”. Esta afirmación de la misericordia de Dios aparece anunciada en varios textos proféticos, en donde la lucha entre la justicia y la misericordia que se libra en el corazón de Dios termina triunfando la misericordia.

Jesús es: el rostro visible de la misericordia del Padre. El sábado en la sinagoga de Galilea se pone de pie, le acercan el libro sagrado, lo toma, busca él mismo el pasaje de Isaías, donde el profeta proclama la misión del ungido: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para traer la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad, a los ciegos que vean, dar libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” [2].

Este año de gracia para nosotros también es: el Jubileo extraordinario de la Misericordia. El Papa Francisco nos recordaba: La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia “vive un deseo inagotable de brindar misericordia”. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia [3].

Dios se preocupa y se ocupa del sufrimiento de su pueblo, por eso el Espíritu Santo impulsa a Jesús a las aldeas, a las periferias, para llevar la Buena Noticia a los pobres. La pastoral de Jesús anunciada en Nazaret continúa hoy en todos nosotros, la misión de llevar libertad, luz y gracia, es decir, desde la amistad de Dios al amor de Dios por su pueblo.

Anuncia a los pobres la Buena Noticia. La palabra de Dios es siempre eficaz y sanadora si es recibida con un corazón abierto. Acompaña al que está en soledad, levanta al caído. Ella hace resucitar la vida. Pienso en los adolescentes y jóvenes en riesgo. Cómo llegar a ellos desde nuestra prioridad diocesana, que sigue siendo un difícil pero valioso desafío. Hoy el Señor también nos envía a los pobres y desvalidos, a los excluidos o marginados del sistema. Y esta es una prioridad en la Iglesia como nos recordaba el Cardenal Martini: “En estos tiempos de globalización el cristianismo ha de globalizar la atención al sufrimiento de los pobres de la tierra”. Pablo VI nos decía: “.. Es un deber de la Iglesia ayudar a que nazca la liberación y hacer que sea total”.

Pero podemos preguntarnos: ¿Por qué los pobres son los privilegiados? ¿Es que los pobres son mejores que las demás personas? Jesús nunca afirma que los pobres por el hecho de ser pobres son mejores que los ricos, la única razón es que son pobres y oprimidos, y Dios no puede ser neutral ante tanta desigualdad, injusticia y desprecio, porque tiene: “entrañas de misericordia… el Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo” [4]. No será posible la plenitud del reino sin esta atención diferenciada, la cual Jesús asume desde el principio: Dios no puede reinar ante los injustamente maltratados.

El Papa Francisco se pregunta: “¿Por qué nos acostumbramos a ver cómo se destruye el trabajo digno, se descarta a tantas familias, se expulsa a los campesinos y se abusa de la naturaleza? Y responde: Porque en este sistema se ha sacado del centro al hombre y se lo ha reemplazado por otra cosa. Porque se rinde un culto idolátrico al dinero. Porque se ha globalizado la indiferencia [5]”. Y propone entonces: “la globalización de la solidaridad” de la que todos nos tenemos que hacer cargo.

Mucho tiene que ver en este proyecto misericordioso de Dios para el hombre, la Santísima Virgen María, ella fue la servidora del Señor, mediante la cual se pudieron cumplir sus designios de misericordia.

El pasaje del Apocalipsis [6] que hemos escuchado nos presenta en esta visión de Juan los dos primeros  signos de la historia sagrada: la mujer y el dragón, el pueblo de Dios y el demonio. La mujer rodeada de gloria pero con sufrimientos de parto, es la humanidad. Sufre dolores de parto porque toda nuestra historia es la dolorosa preparación para la salvación. La mujer da a luz un niño, que es Cristo, el Salvador, fruto del amor de Dios por la humanidad [7]. También esta mujer es figura de María quien canta: Dios dispersó a los soberbios y elevó a los humildes… y su misericordia se extiende de generación en generación. Ella recibirá el mensaje de dolor del viejo Simeón en el templo: Una espada te atravesará el corazón. En la cruz, ante el acontecimiento redentor, María asume ser la corredentora que cuida de nuestro pueblo. Por eso le rezamos: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

La imagen de nuestra patrona, en su advocación de Nuestra Señora de la Paz, nos mira con ojos de misericordia, tal vez necesitábamos acercarnos más para descubrir en esta imagen histórica que desde aquellos tiempos de las luchas políticas de los argentinos en el siglo XIX que dividían nuestra patria, sigue contemplando y cuidando a su pueblo. Necesitamos volver siempre a esa mirada que cuida y acerca, une y anima: María de la Paz mira a su pueblo con amor y misericordia y nos ofrece a su Hijo, ella está en esta imagen sentada, para esperarnos siempre, con paciencia, con ternura y serenidad.

Ella es “Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”. No dejemos de pedirle la paz para las familias, la paz social fruto de la justicia, y que nos anime a las obras de misericordia para con los pobres, débiles y sufrientes. Obras de misericordia espirituales y materiales que nos comprometen hoy con el Reino de Cristo, con el plan pastoral de la misericordia del Padre desde el año de gracia que se nos propone en el Espíritu y con la gracia del Espíritu Santo, que aliente nuestro deseo de ser: “Artesanos del Encuentro y Constructores de la Paz”.

+ Mons. Jorge Lugones sj
Obispo de Lomas de Zamora

[1]Sal 103, 1-10

[2]Lc 4, 18-19

[3]Bula Pontificia MV 10

[4]Sal 147, 3.6

[5]Encuentro de Movimientos Populares. 28/10/14 (Roma)

[6]Ap. 12, 1-6

[7]Comentario de la Biblia Latinoamericana

 


 

Fiesta Patronal (2015)

(Lc. 2, 25-35)

Querida comunidad diocesana:

Nos reúne hoy el amor del Padre Dios, Jesucristo, el hijo de María, que se hará presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad, en la Eucaristía, y el Espíritu Santo, quien inspira la devoción, sostiene la fe y genera la caritativa fraternidad de nuestro pueblo.

Con el Espíritu Santo en medio del pueblo está María (EG.284)

Con esta descripción el Papa Francisco nos anima a sentirnos el pueblo de Dios que peregrina en este antiguo y nuevo “Pueblo de la paz”.

Antiguo pues este año la Iglesia Catedral cumple 150 años de su erección canónica como parroquia; y nuevo porque una gran parte de nuestra multitudinaria población son niños, adolescentes y jóvenes, y porque deseamos desde nuestra prioridad diocesana salir al encuentro de ellos desde este espíritu misionero que la Virgen Madre y Reina de la Paz anima y sostiene.

El pueblo ve en María la cercanía de Dios con nosotros, pues es ella la que le ha dado su carne y su sangre, para que el Verbo Eterno de Dios se encarnara. Como dice la carta a los Gálatas: Cuando se cumplió el tiempo establecido Dios envió a su Hijo, nacido de mujer.

Nuestro pueblo fiel siempre va a María, ella es la que vela, cuida, anima y ve las necesidades y urgencias de sus hijos, es la intercesora ante su Hijo, Jesucristo, principio y fin de la vida de los hombres, quien ha venido para ser fuente de salvación.

Dice Francisco: Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte en su Iglesia el ícono femenino (EG 285).

Cuánto le debemos a nuestras abuelas, madres, catequistas, maestras, a esta imagen femenina que tanto bien nos ha hecho en nuestra formación como cristianos, animados (y sermoneados) a ser buenas personas, desde la ternura, la paciencia y la fortaleza de la mujer en la Iglesia.

El Evangelio nos dice que el anciano Simeón era un hombre justo y piadoso y esperaba el consuelo de su pueblo. Esperaba esperanzado la salvación de su pueblo, fue movido, inspirado, llevado por el Espíritu, se dejó guiar por Dios en tiempos donde no sobraba la esperanza de su pueblo.

Esperando contra toda esperanza, fue constante en su oración y le fue revelado que no moriría sin ver al Mesías del Señor. La alegría del anciano fue tan grande que tomó el niño en sus brazos y bendijo a José y a María, luego dirigiéndose a María profetizó, no ocultó aquellas duras palabras: Este niño será signo de contradicción y a ti misma una espada te atravesará el corazón.

María no sólo sentirá esa espada de dolor frente a la cruz de su Hijo, sino que esa profecía a través del tiempo se ha hecho realidad también en el corazón de su pueblo, que sabe ir a la madre, aún con el corazón desgarrado, pues ella es la consoladora de su pueblo, la madre que siempre está atenta ante cada súplica, ante cada situación desesperada y desesperanzadora, porque ella que sufrió el despojo total, sabe consolar, animar, arropar y cuidar la esperanza de sus hijos.

Dirá Francisco: Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende  todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren  dolores de parto hasta que  brote la justicia… María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan  con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida (EG 286).

Nuestra Señora Madre y Reina de la Paz, ha acompañado a nuestra patria siempre y desde esta advocación, especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, en que los argentinos vivían la confrontación interna entre hermanos; quiso la providencia que en el pueblo de la paz, se levantara un templo bajo la advocación de María Madre de la paz.

La mediación de la Virgen de la Paz no ha cesado, la historia de tantos fieles que han pasado suplicantes frente a su imagen, es un testimonio vivo. Hoy la Iglesia nos pide que salgamos a la variedad de periferias existenciales, al encuentro de tantas personas que necesitan la palabra, el abrazo, la escucha, la cercanía del encuentro.

Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre camina con nosotros, lucha con nosotros y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte la historia de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica… (EG 286).

Hoy rogamos a Dios, nuestro Padre, con la intercesión de María de la Paz:

Pedimos la paz para nuestras familias:

Enséñanos a caminar nuevamente el sendero del diálogo, hablando a tiempo y a recorrer la costosa ruta del encuentro, saliendo de nosotros mismos.

Que sepamos perdonarnos en familia y recrearnos con el vínculo de la cercanía, disimulando los defectos, los errores, incluso las ofensas en bien de la unidad de la familia. Que no nos lastimemos más con la indiferencia, la murmuración o la competencia.

Que sepamos corregir lo necesario, pero con cariño siempre, que no prejuzguemos, sino más bien que oremos y ofrezcamos por el que se ha apartado del camino, Dios siempre nos da chance, la providencia crea  y recrea las buenas oportunidades.

Pedimos Madre por la paz social en nuestra patria:

Sacudidos por el sombrío temor de la inseguridad y la oscuridad de la violencia, que enceguece, mata y deja heridas abiertas, pedimos el consuelo de Dios.

Líbranos de los poderes malignos de las llamadas “agencias de inteligencia”, apátridas, que manipulan gobiernos, países y personas como patrones de la muerte y del despojo.

Líbranos del egoísmo de facción política que muchas veces esconde intereses espurios, genera enemistades y alienta los odios, más que generar ideas y propuestas posibles y distintas. Que construyamos en la diversidad a partir de lo que tenemos en común, y siempre para el bien común. 

Alcánzanos la paz fruto de la justicia y la equidad, de la honestidad, librándonos del conformismo o el pesimismo derrotista de que: “ya nada se puede hacer”.

Danos a todos el gusto de ser y sentirnos pueblo, pueblo con un Padre Dios  y la ternura de una madre: María Santísima, cobijados por la bandera que flamea con la brisa de la esperanza y cobija con el sol del amor.

Te rogamos Madre por la Paz del mundo:

Especialmente en los lugares de guerra y devastación. Desata con tu intercesión valiosa la anudada mentira de matar en nombre de la religión.

Líbranos en la Iglesia y en el mundo de los fundamentalismos, con sus consecuencias físicas, síquicas y espirituales, cercenando la libertad y la voluntad de personas y pueblos enteros.

Danos luz y unión de voluntades para unirnos frente a las ambiciones nunca satisfechas del “capitalismo salvaje”, que quiere hacer de los pueblos empobrecidos, esclavos  a perpetuidad.

Se lo pedimos al Padre en Nombre de tu Hijo, Señor de la historia, “Príncipe de la Paz”, y te confiamos nuestro deseo de crecer como artesanos del encuentro y constructores de la paz. Amén.- 

 

Mons. Jorge R. Lugones S.J.
Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora 

 


 

Fiesta Patronal (2014)

(Jn. 2, 1-12)

 

En esta celebración el Evangelio nos propone la fiesta de bodas en Caná de Galilea, donde María, Jesús y sus discípulos estaban allí.

1.- El signo de las bodas: la Alianza

Entendemos estas bodas como la alianza de Dios con su pueblo, en el Evangelio María y los discípulos son figura de la Iglesia. La mística popular es la unión de Dios con su pueblo: la Iglesia. Decíamos en la Asamblea del Pueblo de Dios el año pasado que: “Nuestro pueblo al pedir el bautismo está haciendo una alianza perpetua: figura de la unión del alma con Cristo y su Iglesia (mística)”.

Esta unión esponsal genera la alianza en la que Dios como en las bodas bendice, promete y se compromete con los contrayentes, que forman ya familia, cuida el amor y propone descendencia. Este amor de Dios es siempre una donación, un darse sin pedir nada a cambio, es más, es un intercambio de búsqueda continua del amor de Dios hacia el hombre y del hombre hacia Dios.

2.- Se celebra la alegría de la vida entre jóvenes que prometen fidelidad

La alegría de los jóvenes esposos que no están al tanto de la dificultad que se avecina, por la falta de vino, signo de la alegría, la podríamos comparar con el desafío pastoral de nuestra prioridad diocesana: salir a los jóvenes que no están en nuestras comunidades, que en nuestra Asamblea del Pueblo de Dios fue reconocida como una necesidad imperiosa de toda nuestra tarea misionera.

Todavía como los jóvenes esposos, hay instituciones y movimientos diocesanos, que no han caído en la cuenta de la dificultad que el Santo Padre refleja en Evangelii Gaudium: Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía, «toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial»…

Sigue diciendo el Papa: Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy sano que no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces [1].

La ausencia del vino, signo de la alegría, podríamos interpretarlo como la falta de coraje apostólico, de animarnos a arriesgar siempre un poco más allá de lo conocido por nuestro incompleto censo barrial, como una falta de disponibilidad, de creatividad, de entusiasmo para entusiasmar a la misión paradigmática, del encuentro con otros prójimos.

Como dice el apóstol: Hoy es el día de la salvación, todo momento es propicio, para atender como María, un estar a la escucha del Espíritu, esto nos llena de alegría, porque su Palabra nos convoca y nos misiona, hace desvanecer la ilusiónde pensar que tenemos que vivir formándonos, sin aterrizar nunca en el espíritu de la misión. No reduzcamos la misión sólo al pequeño espacio de nuestro movimiento, de nuestro grupo o de nuestra capilla o Parroquia, de nuestros Colegios o de nuestras Instituciones.

3.- La atención de María, el vino bueno: la misión de la Palabra

María está atenta a todas nuestras peticiones, como estuvo atenta en Caná a la mesa de las bodas. María realiza este servicio discreto y cariñoso, comprometido y eficaz, aparece en el Evangelio de Juan aquí y no volverá aparecer su nombre hasta el momento definitivo y trascendente de la cruz. María es figura de la súplica y la espera del pueblo. Es la que escucha la palabra y la anuncia, no se la guarda, ella ha sido fiel a la Palabra de Dios y se ha hecho su servidora.

En varias de nuestras parroquias se misiona buscando reunirse en familia o entre vecinos. Junto a la Palabra, en mis visitas pastorales he visto a jóvenes reunidos para celebrar la Palabra por las casas, todas las semanas, con alegría y constancia haciéndose tiempo para Dios.

Quiero alentar al comienzo del año, bajo la protección y el ejemplo de María, a animarnos a compartir el Evangelio en los sectores más desprotegidos de nuestras parroquias, es siempre una misión costosa pero fecunda.

Como María, desde su servicio atento, con su maternal solicitud, la fiesta en vez de aguarse se puebla de alegría para la Gloria de Dios.

La misión de anunciar el evangelio es, al principio, ardua y desalentadora, como la falta del vino en la fiesta, pero con el correr del tiempo y la constancia en el servicio misional, va apareciendo el vino bueno, que es el gusto por la palabra prometedora y consoladora de Dios.

4.- Manifestar la gloria de Dios

El Evangelio dice: “Este es el principio de los signos que hizo Jesús en Caná de Galilea y manifestó su Gloria y sus discípulos creyeron en El”.

Los discípulos creen en Jesús a través de los signos que realiza, comienzan a percibir tímidamente su gloria. Jesús desea que mediante estos signos se manifieste y se reconozca la Gloria del Padre.

Nuestro camino misional es ir anunciando el mensaje de Jesús. En el Evangelio siempre está presente la misiva de llegar  a “glorificar al Padre”. Nosotros también saliendo a las “periferias existenciales”, intentaremos con nuestros gestos, intenciones y acciones dar gloria a Dios. Este es el verdadero “vino bueno”, extraordinario del Evangelio: la Revelación de su Gloria.

Este anuncio no lo hacemos de cualquier modo, sino teniendo siempre en el horizonte misional el deseo de la “Mayor Gloria de Dios”, con lo cual no decimos “una misión más, entre las programadas en el año”, es una misión que implica reconocer en el encuentro de cada prójimo, algún reflejo, algún destello, algún resplandor, de este deseo de glorificar al Padre, desde el rostro humano y divino de Jesús, que nos “capacita para Dios”, por la gracia renovadora y transformadora del Espíritu Santo.

Sabemos que no hay misión sin cruz, pero la cruz como unión intima con Jesús, pues es allí donde se celebran como en el sacrificio de la misa, las bodas entre Dios y la humanidad.

Que Maria, Madre y Reina de la Paz, nos conceda ser mensajeros de la Paz del Señor que brota de la justicia de cada uno, y de la fe confiada en el amor que Dios tiene por su pueblo.-

 

Mons. Jorge Lugones sj
24 de enero de 2014

[1]Francisco, E.G. Nº 27 y 29

 


 

Fiesta Patronal (2013)

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor! [1]

Se levanta la orla del manto de Dios para que contemplemos su gloria, gloria cantada por los ángeles y deseada y admirada en la tierra por los hombres. Ha llegado la paz prometida a todos los hombres.

Este texto de la Palabra de Dios genera en nosotros gran esperanza, no sólo porque nos habla de que ha llegado el tiempo de la redención, sino también por las palabras, que nos hacen entender dos cosas importantes: que Dios es al único que damos gloria, fundamento y principio, Señor de la historia y que ama al ser humano pues quiso encarnarse, meterse en la familia humana por la incorporación de María al proyecto salvífico de Dios.

            María Santísima se nos presenta hoy como madre y reina de la paz, asoma entonces al mirador de la historia de la salvación, ella nos trae en sus brazos la paz, pues es la Madre del Rey de la paz.

            La Palabra de Dios cada vez que habla de María  siempre esta asociada a la misión de Jesús, la relacionamos como la mensajera de la buena noticia. María es buena noticia que nos anima a ser mensajeros de la buena nueva del Evangelio

            María se manifiesta  asociada al gran misionero, como queriendo significar que uno de los rasgos fundamentales de su   figura materna es el de la  misión.

            Necesitamos que nuestra Madre y Reina de la Paz interceda ante su Hijo, y hoy hemos venido a pedírselo.

             Mujer misionera, concede a tu Iglesia diocesana la alegría de descubrir, los significados de la vocación de llevar la Palabra de Dios, pero con criterios de humanidad, cercanía, respeto por el que no piensa igual, haciéndonos prójimos en situaciones de desamparo, de derrota, de dolor, de postración, de violencia, de muerte…; como testimonio y anuncio; con Jesús enviado del Padre y el Espíritu que nos anima a animar a otros al Evangelio, en la misión permanente.

            En el Año de la fe, la peregrinación es signo del envío que la Iglesia  hace a todos sus hijos. Enviada por Dios para la salvación del mundo la Iglesia existe para caminar, no para acomodarse.

             Madre caminante, como tú, llénanos de ternura hacia los necesitados de paz, no sólo de tranquilidad, sino de la paz de la convivencia, de la paz que nos hace responsables de todo padecimiento y ofuscamiento de la justicia, justicia demasiado largamente esperada. Y haz que no nos preocupemos más que presentar a Jesucristo, como hiciste tú con los pastores, con los magos de oriente y con otros mil anónimos personajes que esperaban la redención.

            Santa María madre y reina de la paz, que nos revistamos de la sencillez de tu mirada de bondad. Que como tu mujer peregrina seamos una Iglesia misionera que partamos el pan de la Fe y la esperanza a todo hermano; especialmente, a los que se sienten más lejos. Auxílianos en nuestro deseo misionero, restaura nuestro cansancio, protégenos de todo peligro, especialmente de la indiferencia, el individualismo, el protagonismo, la comodidad y la vanidad de mirarnos a nosotros mismos.

            Santa María madre de la paz, mujer misionera, que no nos cansemos por los fracasos, líbranos de la resignación de los que se resisten a ser enviados, de los que dicen pero no hacen, y de los tranquilos que no han sentido en el corazón el resuello de las multitudes que todavía no conocen a Jesús.

            Madre y Reina de la Paz te  pedimos por nuestras familias, para que el diálogo, el amor crucificado, la costosa convivencia y la ternura doméstica las hagan lugar privilegiado del crecimiento cristiano y civil.

             Te lo pedimos para nuestra comunidad, que lejos de las discriminaciones, del egoísmo y del aislamiento, podamos estar siempre del lado de la vida, en el punto donde nace, crece y muere.

            Te lo pedimos para nuestro conurbano ensombrecido por la violencia, la impunidad del narcotráfico, la trata de personas, la falta de trabajo formal, el azote casi diario de muertes de jóvenes en la calle.

            Te lo pedimos para nuestra provincia, que los intereses de sector y las deshonestas contiendas partidistas no la lleven de tierra de conquista, a tierra de nadie.

            Te lo pedimos para nuestra patria y para el mundo entero, a fin de que la solidaridad entre los pueblos deje de vivirse como un compromiso moral más y se reconozca como el único imperativo ético, donde la paz fruto de la justicia, la igualdad, la equidad, se convierta en meta de nuestros compromisos cotidianos solidarios.

            Te lo pedimos por El, con El y en El, pastor de las almas y arriero de corazones, enviado del Padre nacido de mujer.

 

Mons. Jorge R.  Lugones sj
Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora

[1] Lc 2,14

 


 

Fiesta Patronal (2012)

La reseña histórica nos dice que en el año 645 la Santísima Virgen se apareció a San Ildefonso, arzobispo de Toledo, (España), sentada en la cátedra episcopal. En 1085 se le dio el nombre de Nuestra Señora de la Paz. En 1860 el pueblo argentino, castigado por luchas internas, le erigió un santuario en Lomas de Zamora. En 1957 al crearse la diócesis Pío XII la nombró patrona.

            Esta hermosa imagen de nuestra patrona se nos muestra sentada en la cátedra, lugar del que enseña, de aquí también el término catedrático, catedral, la que posee la cátedra. Y ella está como buena madre con el Niño en su regazo. Pero si observamos no lo tiene junto a sí, sino como mostrándolo, ofreciéndolo, entregándolo, a quien lo quiera recibir.

            Sus ojos levemente inclinados, con un dejo de sorpresa, están abiertos mirando al Niño y mirando al mundo, hacia la tierra. Y la escritura en el Cantar diseña su mirada tomando vuelo: Que hermosa eres, amada mia, tus ojos son palomas…

            Sus cejas levemente elevadas, con algo de sorpresa, tal vez por lo que contempla de nuestro mundo, en nuestras familias, en nuestra comunidad, en nuestra sociedad…  

            Sus labios levemente entreabiertos, en actitud de oración, figura de Ana en el templo, dice el libro de Samuel: que movía Ana los labios sin expresar ninguna palabra, pues oraba con su corazón.

            La mano izquierda sostiene al Niño, con delicadeza, sin apretar dando libertad, tal vez esta libertad de espíritu que necesitamos como hijos de Dios para abrirnos verdaderamente al amor; y la derecha sostiene el ramo de olivo, pero no ciñéndolo sino sólo con algunos de los dedos de su mano lo sostiene, como cuidando la ramita frágil que representa la paz, esta paz que imploramos para los corazones heridos, para los que sufren, para los que están cerca, para los que están lejos.

            El pie derecho hacia delante está en posición dinámica, de movimiento, adelanta el pie el que se va a poner en movimiento, del que no esta apoltronado sino dispuesto a andar, a ser enviado, a misionar.

Levántate amada mía hermosa mía y ven. …aparecieron las flores sobre la tierra, llegó el tiempo de las canciones y se oye en nuestra tierra el arrullo de la tórtola… paloma mía muéstrame tu rostro, déjame oir tu voz, porque tu voz es suave y es hermoso tu semblante

Sobre su cabeza luce la corona. Nosotros la hemos proclamado Madre y Reina de la Paz.

Les decía el día de su coronación el 22 de agosto de 2010:

 Ella sabemos que no necesita de coronas materiales, pero nosotros como hijos suyos, que nos movemos desde  el sentido, necesitamos el  gesto que nos ayude a contemplar a la Madre y Reina, para que se proyecte este gran deseo, de que verdaderamente: reine en nuestros corazones, queremos con este gesto que María reine en nuestros corazones, y que reine como Señora de la Paz; que nos ayude a cada uno a ser un poco más justos cada día.

            Nómada como tú, Madre y Reina, pon en nuestro corazón una gran pasión por llevar el Evangelio a todo hombre. Madre caminante como tú, llénanos de ternura hacia los necesitados. Y haz que no nos preocupemos más que presentar a Jesucristo, como hiciste tú con los pastores, con los magos de oriente y con otros mil anónimos personajes que esperaban la redención.

            Santa María Reina de la paz, que seamos una Iglesia misionera, que partamos el pan de la Palabra a todo hermano; especialmente, a los que se sienten más lejos. Auxílianos en nuestro deseo misionero, restaura nuestro cansancio, protégenos de todo peligro, especialmente el de la prepotencia, la comodidad y el promocionarnos a nosotros mismos, que es una forma de mundanidad espiritual.

            Santa María haznos testigos de la alegría, de esa alegría sencilla de los que caminan el barrio y se sientan a perder el tiempo con el anciano, el débil, el sufriente, de los que se convierten en ministros de la escucha del adolescente crispado y del joven sólo, de la mujer golpeada o abandonada y del que no cuenta para nuestra eficiente sociedad indiferente. Que ante lo urgente de la caridad nos parezca pobre nuestra generosidad y lenta nuestra acción con los caídos del camino.

          En este dia te ofrecemos Madre nuestra diócesis, queremos convertirnos en una “Iglesia abierta solidaria y misionera”, pero para alcanzar esto necesitamos hacerlo juntos, danos un espíritu de comunión y entrega.

            Te ofrecemos nuestra tierra, el agua, que da la vida, el aire que nos permite respirar, frutos de la creación y que hoy vemos tan  desvastados, danos conciencia de que el ser humano “es señor, administrador y responsable de la tierra, pero ordenado en esta relación por los dos mandamientos fundamentales que el mismo Jesús nos enseñó: el amor a Dios y su dependencia como criatura  y el amor al prójimo que implica la fraternidad y la solidaridad para compartir la creación”[1].

            Te ofrecemos nuestras familias, tómalas bajo tu cuidado, te ofrecemos nuestra patria, líbranos de las contiendas estériles y de la desigualdad social, que genera violencia e inseguridad, te ofrecemos nuestro pueblo que te quiere y te ruega: ayúdanos a respetarnos un poco más, a querernos un poco más y a crecer como mujeres y hombres para los demás.

Mons. Jorge Lugones sj
Obispo de  Lomas de Zamora

 

[1] Una tierra ara todos , CEA Oficina del libro, 2006

 

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